Hace que no escribo…

Hace días que no escribo.
Más de un mes desde la última nota.
No será por falta de temas o por falta de ganas de contar cosas…
En mi libreta se amontonan los temas sobre los que tomo nota que me gustaría escribir cuatro líneas… y ahí siguen.
Por un lado, probablemente se trate de cierta desidia mezclada con cierto descuido… por todo lo cual pido disculpas a los que visitais asiduamente este blog al tiempo que hago propósito de enmienda. Parte de la culpa la tiene Facebook, que consume parte de mi tiempo dedicado a la comunicación social.
Y por otro lado, llevo tiempo dándole vueltas al objeto de este blog, y eso me ha hecho limitar las intervenciones. Pero ya me he aclarado al respecto y espero que eso se note en la frecuencia y en la calidad de mis escritos. Vosotros juzgareis.
Hoy quiero escribir acerca de una historia reciente que me ha mantenido absorto desde hace un par de días. Y que me acude al pensamiento a la que lo despisto de otras ocupaciones.
Podría hablar de la crisis financiera, que he seguido con pasión en las últimas semanas y sobre la que he reflexionado bastante. Me parece apasionante la reflexión colectiva acerca de la solidez de las bases de Bretton Woods.  Y seguramente lo haré más adelante.

Podría hablar del estado de las negociaciones sobre financiación de las haciendas locales y del proceso de negociación de la FEMP, de la que me he tenido que documentar profusamente en las últimas semanas y que me afecta directamente como concejal de Hacienda. Los ciudadanos de nuestros pueblos y ciudades se merecen unos Ayuntamientos más solventes y menos dependientes la recaudación de determinados impuestos.
Podría hablar de mis últimos hallazgos en Dropshipping, sobre los que, por más que leo y me documento, más quiero saber. Globalización en estado puro.
Podría hablar de mi lectura del Quijote, que me está resultando mucho más apasionante de lo que imaginé al abrir la primera y casi nunca pasada página. Definitivamente Cervantes era un genio como no ha habido otro.
Incluso podría hablar de mis prácticas de moto, en las que estoy encontrando un placér que jamás pensé hallar en un vehículo de dos ruedas. Al menos desde que mi madre me prohibió ir en ciclomotor, allá por mis 17 años.
Y sobretodo podría hablar de la maravillosa experiencia que está resultando comenzar a meterme en la piel del padre que voy a ser dentro de unos meses, y de la riqueza de los sentimientos que poco a poco van despertando. Y lo haré. Vaya si lo haré. 
Pero no.
Hoy toca hablar de otra cosa. Voy a hablar de algo más de nivel de acera. De bolsa de pan y de monedero con céntimos y de la soledad, y de distancia.. De papelera y llanto en esquina, en un banco de un parque en cualquier calle. De un sobre con el resultado sospechado de un análisis y un dolor en el pecho y una desesperación y un llanto…. Y de impotencia y amor, mezclados a un tiempo. No por uno, sino por el otro, por el inocente, por el indefenso. Y puños apretados y labios mordidos. Y de saberse desigual y pobre y de ver que te quedas atrás y no llegas… y no puedes llegar… Y de las ganas de vivir y seguir adelante. Y resignación y miedo.
Ninguno de los otros temas me ha hecho saltar las lágrimas. ¿Qué le voy a hacer?
De nuevo es Begoña la que me aporta la riqueza de esta vivencia.
Ya han comenzado las clases y las atenciones domiciliarias han comenzado a asignarse.
A menudo se me imagina este proceso como un cruce de caminos, como una espera en el futuro que culmina en una caricia: el curso comienza y en ese momento toca comenzar a esperar las asignaciones. Y uno se pregunta: ¿quien será? ¿Quien vendrá? ¿Con qué vida me encontraré? ¿Cómo tendrá la carita? ¿Y el alma?
Y aparece un angel herido. Una criatura frágil e inocente. Un niño enfermo. Una perfecta criatura con las alas manchadas de alquitrán que mira al mundo perplejo y resignado.
Es aún mucho más duro cuando el entorno familiar no acompaña. Cuando ese angel se enfrenta al mundo y a su enfermedad con menos recursos que el resto. Recursos de todo tipo.
Este año ha aparecido una niña de 13 años enferma de leucemia. Otro angelito que nos abre sus enormes ojos de par en par.
Sus padres son peruanos. Su madre es profesora de instituto en Perú. Su padre era químico en Perú.
Cuando supieron de la enfermedad de la niña decidieron dejarlo todo, reunir los ahorros disponibles y venir a España, donde la niña podría recibir el tratamiento que necesitaba.
No sé si esta niña sabe quien és José Bové ni tampoco hasta qué punto podemos agradecer al tozudo campesino que McDonalds decidiese hace unos años invertir parte de sus beneficios en la creación de Casas de Acogida para niños enfermos. Seguramente menos de lo que están dispuestos a reconocer algunos de los ejecutivos del vendedor de hamburguesas.
Y sin embargo, una vez sus padres se separaron, estando ya en España, y estando su madre totalmente dedicada a su cuidado y a ir y venir al hospital… no tendrían donde vivir si no fuese por esa casa de Acogida.
Me faltan datos, claro. No sé exactamente qué pasó ni por qué, pero el padre parece no hacerse demasiado cargo de la madre y de la niña, y ambas sobreviven como pueden con una pequeña ayuda social que les da para comprar la comida cada mes.
Hace un año, la niña mejoró bastante. Llegaron a creer que podría recuperarse sin necesidad de intervención, pero… recayó y fue necesario entonces hacerle el trasplante.
Ahora está en la peor fase de la recuperación. Debilitada físicamente. Calvita, la pobre. luchando día a día por salir adelante.
Sin garantías, sin esperanzas gratuitas….
De eso quería hablar hoy. De eso.

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