Los vivos que no queremos olvidar.

Hoy hemos tenido la suerte de poder disfrutar en Montmeló del espectáculo de micro-relatos VIDAS ENTERRADAS, que forma parte del proyecto de nombre homónimo que tiene su ventana en el programa A vivir, que son dos días de la Cadena SER.

Este proyecto se ha articulado a través de la colaboración de diferentes compañías de teatro de Aragón, Valencia y Castilla y León, por lo que cabe destacar la riqueza de las interpretaciones y del contenido de los monólogos.

Además, Montmeló ha tenido el privilegio de ser el escenario de estreno de esta obra en Cataluña.

De aforo limitado, de 60 personas por pase, que a su vez se dividen en 2 grupos, el espectador va recorriendo diferentes escenarios en los que un actor, en un escenario austero, apenas caracterizado por algo de mobiliario, desgrana en primera persona diferentes historias de lo que los vivos no queremos olvidar

Los vivos, al menos algunos de los vivos, no queremos olvidar que siguen reposando en nuestro país, en innumerables fosas comunes, en cunetas, tapias de cementerios y otros lugares olvidados, miles de hombres y mujeres que fueron asesinados entre 1936 y bien entrados los años 40.

Hombres y mujeres que no fueron soldados muertos en batalla, ni murieron por accidente. Hombres y mujeres que alguien incluyó en alguna lista negra por ser de la UGT o de la CNT, o del PSOE o por haberse señalado como «rojos» en favor del orden republicano. O sencillamente por considerar que un niño necesita antes acudir a la escuela que a la iglesia.

Que fueron apresados, sin ningún arma en sus manos ni posibilidad de defenderse. Que fueron conducidos contra su voluntad a un paraje y allí se les fusiló primero y se les remató con un tiro de gracia después, para a continuación ser depositados sus cadáveres en una fosa común.

Labradores, peones, gente sencilla de la que en las fosas que se han abierto apenas se ha encontrado algo más que unas abarcas con suelo de caucho. Descamisados cuya existencia fue difícil de soportar para algunos terratenientes, caciques o animosos descerebrados que dejaron que el odio pasase por encima de los lazos de pertenencia, vecindad o simple humanidad.

Hombres o mujeres cuyas voces quedaron en nada. Sepultados dos veces. Primero en la infame tierra yerma teñida de sangre, y después en el silencio avergonzado, temeroso por necesidad, de los que quedaron. Esposos, esposas, hermanos, hijos e hijas que tuvieron que seguir su vida con el horror en la frente y el estigma en la piel.

De ellos habla VIDAS ENTERRADAS. Y uno abandona el teatro con un nudo en el estómago. Tal vez desde la certeza indemostrable de que, de haber sido hoy el momento, pudiera ser su propia voz la que hoy clamase memoria desde lo recóndito de nuestras conciencias.

Si tenéis oportunidad, no dejéis de ir a verla.